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Un desastroso acto.

Os pido perdón por no incluir post desde hace algunos días. Trabajo, mucho trabajo, que en estos difíciles momentos resulta  más una bendición que una carga. Más bendición es  cuando lo que haces te gusta.

El primero de los tres post que estoy preparando se refiere a la organización de actos y a uno de los tres parámetros definitivos – tiempo, espacio y formas- que sutentan la organización y desarrollo de un acto institucional o empresarial.

En este caso me refiero al tiempo. «Lo bueno, si breve, dos veces bueno» afirmó Baltasar Gracián. Aplicada esta máxima a los actos – sabéis que evento me suena a promoción nocturna de guïsqui barato-  los actos deberían ser cortos en su duración. En primer lugar, porque de esta forma minimizamos la presencia de Murphy que pretende estar en todos los sitios con su implacable ley y, en segundo lugar, porque los asistentes al acto se cansan, los que se sitúan en la presidencia acaban «repatingados en el sillón» y los discursos se repiten y repiten y repiten……….

El control del tiempo en los actos se convierte en una pesada carga

Este es el caso de un acto- no digo dónde se celebró ni quien lo organizó- al que asistí el 28 de febrero, Día de Andalucía. Un evento que duró y perduró por 3 horas, sin descanso y con siete discursos. Es difícil de creer, pero es cierto. Yo fui uno de los sufridores que aguantó estoicamente hasta el final y puedo contarlo.

Muchas personas se vieron obligadas a abandonar sus asientos. El sopor y la falta de dinamismo provocaron la conversación distendida de los espectadores. Tal fue el sofocón, que el patio de butacas se convirtió en un verdadero gallinero. Si el objetivo era contar méritos y premiar a personas por sus aportaciones sociales, el acto proyectó una imagen muy diferente. Siete discursos en los que alunos de los premiados, además de no hacerlo bien -salvo uno-, repetían y repetían y repetían lo que había dicho otro con anterioridad…………… como el conejito famoso de las pilas alcalinas. Y detalles de mal gusto……………Una miembra de la presidencia se pone a hablar por teléfono durante el desarrollo del mismo, algún premiado no contento con los méritos que le habían otorgado, añade más a su curriculum (modesto él). Ocho azafatas en la presidencia que engordan la factura, un concierto de música medieval que hizo llorar al respetable -no precisamente de emoción-, una presidencia que parecía una grada del Bernabéu (todo el mundo quiere salir en la foto). En fin, un desastre de organización cuyo director,  que no sabía o no quiso saber de cronogramas, se perdió al ver las caras de los que allí estábamos.

Pero nunca pasa nada y el organizador volverá a «desorganizar» otros actos para la misma institución por contar con el único mérito de pertenecer al partido. Poca profesionalidad, muy poca, que pone de manifiesto la necesidad de regular la profesión y que los Jefes de Protocolo controlen las empresas que contratan para el desarrollo de la actividad profesional.

Si los actos son herramienta de comunicación, este se constituyó en paradigma de lo contrario. «Pa vernos matao del disgusto» que diría La Blasa. ¡Ay Señor llévame pronto………………….!

© Juan de Dios Orozco López

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2 comentarios

  • 09/03/2010 a las 23:58

    Certero y lo suscribo. Ánimo que poco a poco, cada vez hay menos de estos actos, pero…¡es que había tantos!

  • José Ramón
    12/03/2010 a las 14:09

    Estoy totalmente de acuerdo contigo.Esperemos que poco a poco vayan desapareciendo estos ¨desorganizadores¨ y se vaya instalando la cordura.Seriedad ante todo.

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