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Una bomba a los pies de Isabel II.

No, no se trata de un atentado sino de una comparación por los daños que está sufriendo la Corona Británica. Sí, me refiero al hecho de que Harry y Meghan se separen de la Familia Real Británica. La pareja ha construido un artefacto explosivo improvisado IED (*) – montado por Meghan y activado Harry- que han colocado a los pies de Isabel II. No les ha explotado en las manos -de momento- pero su detonación ha afectado en mucho a la Corona Británica. A la Reina, la explosión le ha segado la hierba bajo los pies.

Los más ignorantes y sensibleros justifican este IED -que ha colocado la pareja bajo el asiento de Isabel II- con afirmaciones relacionadas con el derecho a vivir una vida separada de la rigidez de las responsabilidades de la Corona y todas esas zarandajas. Quieren vivir su amor.

Isabel II mantiene su reputación y el afecto de los británicos -entre otras acciones- por la asistencia anual a miles de actos de algunos de los miembros de su casa. A las bajas en la primera línea por la falta de salud del Duque de Edimburgo y la supuesta inmoralidad de su hijo Andrés, ahora se une la irresponsable actitud del nieto de la Reina que abandona el barco institucional «para ser financieramente independiente». No es consciente Harry que nunca podría ser financieramente independiente si no hubiese nacido en el seno de la Familia Real.

Claro está que la responsabilidad y el sacrificio que requiere sostener a una monarquía como la británica, requiere renuncias personales, amplitud de miras, respeto a su abuela y estima por el pueblo británico. Pero no solo eso. Para estar siempre ahí arriba con dignidad, es necesario ser valiente para enfrentarse a los vértigos que produce la altura y asumir con disciplina el sometimiento  a las necesidades de una institución con siglos de historia. Abandonar así a la institución sin la que no sería nada, es una afrenta a la Corona, una cobardía y una traición a su familia.

Los papeles y el rol se cambiarán de forma tajante ahora. Hasta ahora Harry era príncipe y Meghan, además de actriz, se convirtió en un miembro más de la realeza. Ahora, el hijo del Príncipe Carlos, abandona el paraguas de la familia real británica, su empleo militar y las obligaciones institucionales corriendo un riesgo que podría ponerle a la altura del Duque de Windsor, que terminó su vida cobrando por asistir a fiestas. Será ella, Meghan, la actriz, la que asuma el protagonismo -y rentabilice su matrimonio- con unos costos en reputación e imagen pública que la Corona Británica superará -estoy seguro- pero con un gran esfuerzo.

Los asesores de Isabel II han comenzado a intentar minimizar los daños con las condiciones que supuestamente han impuesto al nieto de Isabel II. Le quitan la seguridad y su asignación económica y tendrá que devolver el importe de las reformas del palacio donde vivían, como si todas estas «sanciones» fuesen a hacer daño real a la economía y modo de vida de la pareja.  Su estrategia, creo yo, trata de trasladar una imagen de control por parte de Isabel II sobre su familia. Ahora toma acciones ejemplarizantes con la finalidad de que el pueblo británico y el resto del mundo observe su firmeza ante la actitud impropia e inesperada de su nieto cuando en realidad, lo ocurrido, viene a poner de manifiesto una absoluta falta de control sobre su familia y su propia casa. Lo cierto, lo realmente cierto, es que las sanciones económicas solo harán cosquillas a la pareja que, con unos cálculos muy rápidos, tiene una fortuna superior a los 50 millones de €,s.

Quizá sea el momento para decir adiós. Una retirada a tiempo puede convertirse en una gran victoria.

(*) IED: Improvised Explosive Device

© Juan de Dios Orozco López

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