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De la ausencia de protocolo…

Estamos de moda. El sofagate de hace unos días en Turquía, la dejadez de la presidenta del Congreso con la Reina y el funeral del Duque de Edimburgo han abierto telediarios, subido la temperatura de los foros especializados y generado controversia y/o interés en la sociedad. Unos se alegran de la grosería de no esperar a una invitada como Doña Letizia; otros nos quejamos del machismo turco y muchísimos han visto al menos un trozo del «sencillo» funeral que se ha celebrado en Windsor. Y es que, tanto si gusta como si por ignorancia se desprecia, el protocolo ha vuelto a ponerse de manifiesto como si de una invocación de espíritus se tratara, porque pronto intentarán enterrarlo. Es curioso, el protocolo sirve -entre otras cosas- para poner en su sitio a los machistas, organizar a la perfección un acto de Estado e insultar sutilmente sin decir palabra. Ah!, el protocolo sirve tanto para un roto como para un descosido.  

Pero la verdad es que a muchos dirigentes no les suena bien esto del protocolo. En la normalidad huyen de cualquier frase o actividad que requiera protocolo, no sea que alguien interprete que pretenden distanciarse de la sociedad o los relacione con el pasado casposo de las buenas maneras. Muchos de ellos desprecian las formalidades, aunque deben practicarlas todos los días; arrinconan las formas, pero saben que sin ellas no es fácil alcanzar sus metas; y no hablan de protocolo, aunque a diario estén sometidos a la exigencia del orden organizativo para alcanzar el éxito. No son solo (algunos) políticos. Tan acomplejada y cínica idea afecta, también, a (algunos) empresarios y sí, también, a los ultramodernos individuos e individuas cool que critican el protocolo sin tener la menor idea de por dónde les sopla el aire.

A la llegada de la Reina al Congreso nadie esperaba. Cuando menos, la actitud de la anfitriona fue grosera e impropia de alguien que respeta y quiere agradar a su invitado. Los conserjes del Congreso fueron los únicos que esperaron a la Reina. ¿Una anécdota? Quizá, pero una anécdota poco afortunada.

Equivocadamente, muchos relacionan el protocolo, por un lado, con las mariscadas, los vehículos de lujo y los viajes institucionales injustificados y, por el otro, con los modales rebuscados más propios de la aristocracia del pasado que de la sociedad actual. El deseo de muchos políticos de aparentar y gozar de un estatus del que nunca antes habían disfrutado, a costa del erario, ha hecho creer a muchos que el protocolo no sirve para nada y que debe erradicarse en todo tiempo y lugar.

Sin embargo, no hay presencia pública de dirigente que pretenda ser eficaz ni relación social, política, empresarial o diplomática de éxito si no se guardan las formas y se cumple con las normas de protocolo.

Encontrar responsables cualificados de protocolo en las instituciones públicas y privadas es sinónimo de una buena gestión de reputación y, por extensión, de credibilidad pública. Prueba de que el protocolo es absolutamente necesario son los desencuentros a que hacía mención al principio. El abandono de los modales, el alejamiento de las normas básicas de cortesía, el desprecio por el rigor organizativo y la falta de respeto institucional han hecho que de los casos citados se conozca solo lo negativo. Muy pocos conocen para qué se han realizado las visitas a Turquía o al Congreso, pero millones de personas hablan de “los fallos de protocolo” y del “sofagate”.

Lo importante en el sofagate no es si Erdogan fue machista o si el Presidente del Consejo y la Presidenta de la Comisión no tienen una buena relación. Lo importante es que tuvo más difusión la ausencia de un sillón que la razón de la reunión.

Por eso quienes nos dedicamos a esto de las formalidades y las buenas maneras afirmamos que el mejor protocolo es el que no está, el que nunca se deja ver. Cuando nadie habla de protocolo en un acto institucional es porque realmente se ha planificado de manera ejemplar, los anfitriones han estado prestos a atender correctamente a sus invitados y todos -también los más altos dirigentes- cumplen con lo determinado con el protocolo que ellos mismos han aprobado y conocen.

Es hora de que los dirigentes políticos y empresariales pongan un experto de protocolo en sus vidas públicas, confíen al mismo la puesta en escena de sus actos y se cultiven en la práctica de modales y cortesía. Hagan caso a D. Sabino Fernández Campo que afirmó rotundo: “De la ausencia de protocolo al imperio absoluto de la grosería no hay más que un paso”. 

Así pasa y así nos va.

© Juan de Dios Orozco López

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