El descrédito de la Excelencia.

Un par de décadas atrás, nadie se hubiera atrevido a hacer uso de un tratamiento que no le correspondía. Para anteponer el «Excelentísimo Señor» a un nombre y apellidos, era casi condición sine qua non -salvo que fueras Grande de España- pasar antes por el Consejo de Ministros para ser nombrado Ministro, Gobernador Civil o General.

Desde entonces hasta ahora, «nadie se ha querido quedar chico» y por estas latitudes, las de España, cada Autonomía ha legislado según le ha convenido y cada alcalde se ha tratado al gusto del momento sin que nada haya ocurrido para poner coto a estos asuntos ni nadie manifieste preocupación por el mal uso y la usurpación de tratamientos.

Conozco a Alcaldes de pueblos de 3000 habitantes que se adjudican el tratamiento de Excelencia cuando solo los incursos en la Ley 57/2003  de medidas de modernización del gobierno local, tienen este tratamiento. Obsoleto quedó, por tomar un ejemplo, el  – reglamento de precedencias de Andalucía– que, además de precedencias, establecía ,entre otros, para los Alcaldes de las capitales de provincias el tratamiento de Ilustrísimo Señor. Mucho ha cambiado la norma cuando antes solo los Alcaldes de Madrid y Barcelona eran Excelentísimos. Conozco también a otros que, a base de llevar hasta sus últimas consecuencias la máxima de mi amigo Juan de Sevilla «Mejó quezoszobre queno quezosfarte», han pasado del Juanillo a Don Juan; de Don Juan a Ilustrísimo Sr. Don Juan y, finalmente, a Excelentísimo Señor Don Juan sin el más mínimo pudor.

Culpa de ello es la profusión reglamentaria que existe respecto del uso de tratamientos de honor. El colmo de males y sinsentidos quedo explicitado en el acuerdo del Consejo de Ministros del presidente Zapatero que aprobó el denominado Código del Buen Gobierno que establecía en su art.8: «El tratamiento oficial de carácter protocolario de los miembros del Gobierno y de los altos cargos será el de señor/señora, seguido de la denominación del cargo, empleo o rango correspondiente. (….)». A efectos prácticos, este Código viene a decir que el Alcalde de Talavera de la Reina, por aplicación de la Ley 57/2003, tiene el tratamiento de “Excelencia” mientras que al Presidente del Gobierno, segunda autoridad del Estado, le corresponde el de “Señor Presidente”.

El desastroso art. 8 del Código citado no ha hecho hasta ahora más que complicar la práctica protocolaria ya que en realidad, los ministros continuaron y continúan siendo Excelentísimos. Sirva como ejemplo de lo anterior el hecho de que un Diputado era (es) Señoría en el Hemiciclo y Excelentísimo Señor fuera de el. Pero si ese mismo Diputado era nombrado Ministro, su tratamiento debía ser «Señor» por acuerdo del Consejo de Ministros. No aprece, a la vista de lo anterior, que esta desproporción se adapte a criterios de uso de tratamientos justos, coherentes y adaptados a la jerarquía dentro de las instituciones oficiales.

Paradójico resulta que, incluso aquellos que se quitaron el tratamiento de honor con la intención de ser más cercanos, ahora gocen del “Excelentísimo Señor”, hasta la finalización de sus días, porque es tradición que el nuevo Gobierno premie al saliente con condecoraciones que llevan anejas el uso y disfrute de estos tratamientos de honor. Véase, por ejemplo, el art. 13 del  REGLAMENTO DE LA REAL Y DISTINGUIDA ORDEN ESPAÑOLA DE CARLOS III.

Placa Gran Cruz de la Orden de Carlos III
Placa Gran Cruz de la Orden de Carlos III
Collar de la Orden de Isabel la Católica
Collar de la Orden de Isabel la Católica

Creo, modestamente, que la promulgación de una norma en la que se establezcan y delimiten claramente quienes pueden y deben utilizar determinados tratamientos de honor, se hace necesaria. La razón es obvia: nos guste o no,   es necesario destacar y diferenciar solo a los que sean acreedores de estos tratamientos, bien por méritos contraídos bien por el desempeño de una alta responsabilidad en el Estado.

En cualquier caso, usar un tratamiento de honor es una recompensa que las instituciones democráticas debieran utilizar para premiar a los que con desinterés personal y eficacia ofrecieron sus servicio a la sociedad. El uso indiscriminado de tratamientos de honor hace un flaco favor a la imagen de las instituciones del Estado así como a sus representantes. Además resta valor a los que, en justicia, son dignos de ser tratados como Excelentes.

© Juan de Dios Orozco López

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3 comentarios

  1. Estimado Juan:estoy totalmente de acuerdo contigo.Y es que se han perdido los modales,las formas y sobre todo el respeto.Ya es hora,como bien dices,de poner orden y reconocer a quien realmente lo merece y no a «mindundis».

    Un abrazo.

  2. Estimado Juan: Muy agudo y certero tu artículo. Como bien planteas, sólo en este país pueden ocurrir este tipo de cosas tan rídiculas y patéticas. Y lo fundamental: se ha perdido toda educación y respeto.

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