Protocolo con intención.

He venido sosteniendo -y creo que lo seguiré haciendo- que el protocolo existe solo cuando no se nota. Lo escribí hace tiempo: «Cuando el protocolo se nota, ya no es protocolo» Si un profano, después de asistir a un encuentro del tipo que sea, afirma «aquí hay mucho protocolo», es que el protocolo no ha existido. El protocolo moderno se adapta al terreno, es discreto, flexible e integrador y no necesita hacerse presente para existir. Quien está acostumbrado a asumir lo anterior tiene muchísimo éxito en cualquier parte del mundo.

Por eso creo que cuando nos acercamos a culturas diferentes a la nuestra con afán conciliador, debemos intentar adaptarnos a su forma de ser, estar y actuar buscando no poner obstáculos en una relación que, a priori, puede ser beneficiosa para ambas partes.

Lo que no entiendo es cómo, en muchas ocasiones, nos acercamos a personas que no nos interesan, no nos van a proporcionar beneficios o nos van a hacer sentir mal. La finalidad del protocolo -entiéndase urbanidad, etiqueta, modales y cortesía- es hacer cómoda una relación utilizando las buenas maneras como instrumento de acercamiento entre las personas……siempre que ellas deseen ese acercamiento. El protocolo como instrumento no obra milagros sin intencionalidad. La intención de acercamiento y de practicar la cultura del agrado es fundamental para el éxito protocolario.

Puedo decirlo con palabras que suenen mejor y afirmar: Para que las relaciones interculturales -en el marco de las relaciones políticas, diplomáticas o empresariales- sean fluidas, lo importante es el respeto por la diferencia, la adaptación al terreno y la intención el éxito en la relación.  Así funciona el protocolo. Y no hay más. Claro está que nuestra adaptación a otras culturas no debe significar la renuncia a la cultura origen.

Ya sé que los más puristas, estudiosos y teóricos expertos en protocolo se me van a echar encima con eso de que yo estoy hablando de interculturalidad, modales, etiqueta y cortesía y no de protocolo, pero me da igual.

Yo escribo para el que quiere entenderme.

© Juan de Dios Orozco López

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