Elegancia, estética y perfección.

Últimamente escribo artículos en mi blog por inspiración de lo que leo y observo. Tengo tantos  asuntos en la cabeza que llego a creer que solo lo sencillo pasa el filtro que enciende la bombilla de mi interés. Cuando repasaba las redes sociales, me he topado con esta fotografía que he tomado de alguien de mi querida Argentina al que quiero pedir disculpas porque ahora no se de quién se trata.

Una elegante fotografía
Por su sencillez, una elegante fotografía.

Tanto la elegancia de conducta como la estética, creo yo, residen en gran medida en el grado de sencillez de la persona. No se es elegante por fuera si se carece de un carácter afable y sencillo. No se puede acceder a la elegancia estética si, aun siendo sencillo de carácter, se es barroco en lo puramente visual. Por eso esta fotografía me parece cargada de significado y perfecta para hacer eficaz lo que yo denomino el discurso protocolario que va más allá de lo verbalizado por un dirigente en un acto y tiene su fundamentación en la pura y sutil elegancia – entiéndase ausencia de afectación- con que dotamos visualmente un acto.

Nosotros los protocolistas, los ceremonialistas, tenemos la obligación de contribuir sin palabras al total del discurso. Debemos, por tanto, disponer lo conveniente para que nada difumine el protagonismo de quien lo merece, mediante la correcta disposición de elementos. Este es el caso de esta fantástica fotografía en la que las banderas, como símbolo representativo de una nación, dominan, por la altura, toda la escena y comunican por sí mismas. No cabe interpretación sobre lo que se observa. De sencillo es contundente, unívoco y elegante.  Cualquiera que suba la escalera sabe qué se encontrará durante el acto.

Simplemente perfecto.

Juan de Dios Orozco López

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2 comentarios

  1. Me ha encantado este «post» de las 3 Es.

    Hay que ser efectivamente, «sencillo de carácter» e incluso sensible de espíritu para dar con la justa y adecuada presentación de un acto. Demasiadas pretensiones nunca fueron buenas ni en la vida ni en el protocolo.

    Un abrazo,

    Aránzazu

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