La puntualidad y el valor del tiempo.

Hacer algo sin retraso. Casi todo el mundo lo entiende así pero yo añado más: ser puntual significa ejecutar una acción en el momento exacto. Ni antes, ni después. La puntualidad y el valor del tiempo están relacionados aunque hasta en la forma de usar el tiempo, las culturas son diferentes.

Para alguien del mundo de los negocios en los Estados Unidos de Norteamérica, «el tiempo es oro» y la hora determina no solo el momento en que se debe producir, se atiende a los amigos o hay que comer. Sin embargo, para un afgano la hora del día es absolutamente insignificante. Y es de poco valor porque simple y llanamente un afgano se levantan cuando lo hace el sol, come cuando tienen apetito y tienen tan poco que perder que la actividad personal diaria se limita a sobrevivir y esperar que amanezca el día siguiente. Tanto es así, que un proverbio afgano reza: «los occidentales tienen los relojes pero nosotros somos los dueños del tiempo».

Reloj de sol.

Esta particular forma de utilizar el tiempo puede ser motivo de éxito o fracaso en las relaciones sociales entre personas de diferentes culturas y, por extensión, en las relaciones empresariales o diplomáticas. La necesidad de ganar tiempo al tiempo es propia de sociedades «avanzadas» mientras que el desprecio por la hora del día en que se vive, vendría a ser determinante de culturas que no han alcanzado el denominado «desarrollo».

Hago un inciso para contar una anécdota -mejor dicho dos- relacionadas con los relojes del que fue ex Presidente y ex Ministro de Defensa de España, José Bono. De la mayoría es conocido que cuando Bono era presidente de Castilla La Mancha traía a todo su gabinete de cabeza porque cuando viajaba le gustaba conocer hasta el nombre de los abuelitos que se sentaban en las plazas a esperar su visita. Una de sus estrategias para sorprenderles era regalar el reloj del Presidente. Cuando Bono se acercaba a alguien y  veía que no tenía reloj, le preguntaba la hora. Sin reloj, el interpelado le decía que no podía dársela porque no tenía reloj, a lo que inmediatamente Bono contestaba, quitándose el reloj de su muñeca, : «¡¿Cómo es posible? Aquí tiene el reloj del Presidente de Castilla La Mancha! Los periódicos se hacían eco de la anécdota, y Bono tenía asegurado el voto de todo un pueblo con aquel gesto. Pero lo que da resultado en un pueblecito castellano manchego, no tiene ningún valor en las montañas de Afganistán y Bono esta vez, siendo Ministro de Defensa, quiso tener su gesto populista en un lugar en el que probablemente solo tenía reloj el señor de la guerra del lugar. Se lo dió a un joven que hacía pan y que miraba el reloj y al ministro preguntándose qué extraño artilugio le estaba dando aquel hombre y cómo podría devolverle el regalo.  A Bono no le fue bien con los Afganos porque creía que el tiempo y la hora del día para los castellanos manchegos tenía el mismo valor y significado que para las tribus de Afganistán. Abajo tienes la fotografía del momento.

Bono, en su etapa como Ministro de Defensa, regala un reloj a un panadero Afgano.
Bono, en su etapa como Ministro de Defensa, regala un reloj a un panadero afgano.

La lógica y la contundencia de las pruebas de lo que he escrito con anterioridad es demoledora pero lo absolutamente innegable es que para todos, el tiempo es lo único en la vida que no se recupera. Lo que ocurre en una hora de nuestra existencia es de un valor incalculable, tanto para un afgano como para un hombre de negocios de la City londinense. Así que, más que la falta de puntualidad, lo que es de muy mala educación es hacer perder el tiempo.

Por eso la puntualidad no es solo una muestra de cortesía sino la manera de manifestar respeto por el tiempo que otros nos ceden para prestarnos atenciones. Ser puntual, por lo tanto, no es hacer algo sin retraso sino, también, evitar adelantarse a la hora propuesta, al momento justo.

Quienes nos dedicamos al protocolo y particularmente yo, que dirijo además una escuela de mayordomos, sabemos que tan reprochable es llegar tarde como adelantarse a la hora y, por supuesto, no es menos importante marchar en el momento justo sin dilatar nuestra presencia más allá de lo necesario.

© Juan de Dios Orozco López

 

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