La cultura del agrado y el privilegio de ser educado.

En un mundo cada vez más deshumanizado en el que ya ni siquiera nos saludamos al entrar en un ascensor porque lo importante esta en el teléfono; en una sociedad en la que los jóvenes no ceden la derecha a sus mayores porque desconocen el significado de ese gesto y en una colectividad en el que muy pocos nos levantamos para ceder el asiento a una embarazada, quienes destacan por sus buenos modales resultamos ser unos seres extraños, unos bichos raros.

Hay quien busca ser genuino y no lo consigue nunca, y hay quien sin buscarlo lo es porque lo lleva en sus genes. Diferenciarse de la masa siempre tiene premio. Aun así, para algunos, ser educado lleva asociado los calificativos de casposo, ajado, dulzón o amanerado. Afortunadamente para otros, la recompensa al rechazo de lo grosero va más allá de la satisfacción personal para alcanzar el reconocimiento del grupo social que sí practica por convicción las buenas maneras y trasladan a sus hijos lo que yo denomino «Cultura del agrado». 

Está claro que en nuestros días, muchos jóvenes demuestran un absoluto desconocimiento o desprecio por las normas sociales que no solo no se aprenden en la universidad sino que llegan a despreciarse en aras de una siempre mal entendida libertad personal.

Pero, por un lado, la ignorancia no exime de culpa a un adulto y, por otro, quien desprecia las normas sociales anula parte de su condición humana destacando explícitamente su carácter soez y su bajeza intelectual. Más aún, cuando una sociedad y sus componentes respetan las normas -no ya por el temor a ser reprendidos sino por la convicción de estar contribuyendo al bien común- los avances en todos los aspectos son notables. Quien, por el contrario, menosprecia las manifestaciones externas de educación, apunta implícitamente con dedo acusador a sus progenitores, se destaca como adalid de la vulgaridad y las malas formas y se distingue por pertenecer a un rebaño que se limita a moverse sin criterio y con escasa racionalidad. Y así nos va y así les va.

Por eso, quien ha disfrutado de unos padres exigentes que le han sabido mostrar el camino del «no se hace, no se dice y no se toca» o se ha preocupado por cultivarse, en lo que a modales y respeto por los demás se refiere, debe considerarse un privilegiado que verá recompensada su actitud con el aprecio y consideración de quienes le rodean. Y lo más importante, finalmente alcanzará el éxito personal y profesional.

Las sociedades avanzan en tanto que las normas que permiten la convivencia son asumidas libremente por sus miembros, por eso es tan importante fomentar «la cultura del agrado» y reconocer como «un privilegio saber ser educado»

© Juan de Dios Orozco López

 

 

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